Como dice el título de esta entrada, no me gusta la doctrina de la Trinidad. Y creo que tengo razones de peso para ello. ¿Tendré la oportunidad de explicarme antes de que pases a otro asunto?
De mis clases en la escuelita dominical recuerdo que nos enseñaban que existía Dios, a quien algunas veces llamábamos Padre; estaba Jesús, a quien también nos referíamos como Cristo y que era el Hijo; y luego estaba el Espíritu Santo. No había muchas explicaciones al respecto, ni recuerdo que alguien usara la palabra «Trinidad». Eso era todo lo que mi mente de niño necesitaba saber.
Creo que la primera vez que escuché hablar de ese concepto fue, paradójicamente, por medio de los Testigos de Jehová. Lo curioso es que ellos niegan categóricamente esa doctrina.
A los 16 años pasé por una
etapa de profunda curiosidad por los temas religiosos y existenciales. Recuerdo
haber leído mucho a Hermann Hesse y, por esa misma época, leí la Biblia de cabo
a rabo. Fue entonces cuando un grupo de Testigos de Jehová empezó a visitar mi
casa. Detectaron que yo era terreno fértil y comenzaron a bombardearme con su
literatura. En aquel momento, no distinguía bien entre el Evangelio que me
habían inculcado en la infancia y la doctrina particular que ellos traían.
En alguna ocasión, uno de
ellos me dijo —no recuerdo las palabras exactas— que Jesús no era Dios, sino
una criatura superior a nosotros, algo así como un arcángel. Eso me llenó de
una amargura instantánea cuya causa no alcanzaba a comprender. Lloré. Mi padre
se dio cuenta y me preguntó qué pasaba. Después de escuchar lo sucedido, tomó
una decisión que sigo considerando acertada: les prohibió volver a nuestra
casa.
Antes de ese episodio, nunca me había detenido a teorizar sobre la divinidad de Jesús. Sin embargo, la sola idea de que no fuera Dios me causó un profundo rechazo. ¿Por qué?
Tiempo después conocí formalmente la doctrina de la Trinidad. Al principio pensaba que era un dogma exclusivo del catolicismo, pero luego comprendí que la mayor parte del cristianismo histórico, incluidas muchas iglesias evangélicas, la considera una doctrina central y no negociable. En algunos ambientes, basta con cuestionar su formulación tradicional para recibir de inmediato la etiqueta de «hereje».
Y heme aquí, escribiendo
abiertamente que no me gusta esta doctrina y asumiendo el riesgo de ser
etiquetado como tal.
Pero ¿por qué no me gusta? La respuesta corta es que me parece innecesaria.
Esta es la definición que me dio una inteligencia artificial, Gemini:
«La doctrina de la Trinidad es el dogma central del cristianismo tradicional que afirma que hay un solo Dios verdadero, pero que existe en tres personas distintas, coeternas y de la misma sustancia:
* El Padre
* El Hijo (Jesucristo)
* El Espíritu Santo
En términos sencillos: no son tres dioses diferentes (triteísmo), ni tampoco una sola persona que cambia de "máscara" o rol en distintas épocas (modalismo). Son tres personas distintas, cada una plenamente Dios, que comparten una única naturaleza y esencia divina».
Yo leo eso y, para mí, es
solo *bla, bla, bla*. No me aclara nada.
Por ejemplo, ¿qué significa
«tres personas»? ¿Qué es una persona? No llamamos persona a una piedra ni a un
caballo. En el lenguaje cotidiano, usamos esa palabra solamente para referirnos
a seres humanos. Pero ¿en qué sentido podemos aplicársela a Dios?
Entiendo que los teólogos la
emplean con un significado particular. Precisamente ahí comienza mi dificultad:
hay que explicar ahora que «persona» no significa lo que habitualmente
entendemos por persona. Después hay que introducir otras distinciones para
evitar que interpretemos mal la primera explicación. Mi objeción aquí es que el
concepto cotidiano de «persona» se queda muy corto, mientras que el significado
teológico exige una explicación cada vez más abstracta. Entonces, aquí aparecen
las complicaciones de la doctrina: hay que definir un nuevo concepto de
«persona» para poder aplicarlo en este caso. El Espíritu Santo ya no es una
«persona» en el sentido tradicional, sino que se pretende entender en un
sentido más amplio: omnisciente, omnipresente, todopoderoso, etc. Al final, el
concepto tradicional de «persona» se vuelve totalmente inútil para describir a
Dios o al Espíritu Santo.
De igual manera, al usar la
palabra «sustancia» para definir a Dios, se cae exactamente en el mismo error.
«Sustancia» (*ousia*, en griego) es un concepto prestado de la filosofía griega
clásica, no de la Biblia. ¿Es en serio? ¿Realmente necesitamos recurrir a la
metafísica pagana de Aristóteles o Platón para encasillar o «definir» al
Creador del universo?
¿De dónde nace esa necedad
humana de definir y etiquetar a Dios? Al intentar encerrar lo inefable en
moldes filosóficos, ¿no corremos el riesgo de reemplazar la fe sencilla por una
maraña de intelectualismos abstractos?
Lo que más me preocupa es que esa maraña conceptual se convierta en un motivo de división entre los propios cristianos. Una cosa es creer en Dios, reconocer la divinidad de Cristo y confiar en la acción del Espíritu Santo; otra es exigir que todos podamos expresar esa fe mediante una formulación filosófica precisa.
Cuando leo la Biblia,
encuentro relatos sobre lo que Dios hace, afirmaciones sobre su carácter y
testimonios de quienes se encontraron con él. No encuentro, sin embargo, una
exposición donde se trate de definir la naturaleza de Dios, mucho menos la idea
formal de la Trinidad. ¿Cómo llegó esta jerga de vocabulario técnico a
considerarse indispensable?
Y eso me hace pensar en el libro
de Job.
Job y sus amigos discuten apasionadamente mientras intentan explicar las razones del Creador. Sus argumentos parecen tener respuesta para todo, pero no alcanzan a explicar lo que está ocurriendo. ¿Y qué sucede cuando Dios entra en escena? Su intervención comienza cuestionando la suficiencia de las palabras humanas: «¿Quién es este que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?» (Job 38:2).
No pretendo que ese pasaje
resuelva una discusión sobre la Trinidad. Lo que encuentro en él es un
recordatorio de nuestros límites: podemos hablar mucho de Dios y, aun así,
comprender muy poco. Al final, Dios no les ofrece una definición filosófica de
su esencia; los confronta con la abismal distancia entre la comprensión humana
y la magnitud de su creación.
A fin de cuentas, lo que más me incomoda de la doctrina de la Trinidad es la falta de humildad con que algunos de sus defensores la presentan. No por sostener sus convicciones, sino por rechazar de entrada la postura de otros sin intentar comprender qué están diciendo ni buscar un posible punto de acuerdo. Puedo reconocer la divinidad de Cristo y, al mismo tiempo, tener dificultades con el lenguaje empleado para explicarla. Antes de etiquetarme, ¿no valdría la pena averiguar cuánto de nuestra fe compartimos? Me incomoda que una
explicación personal de Dios llegue a tratarse como si agotara lo que podemos
decir de él.
Si antes se construían dioses de piedra o madera con cincel y martillo, me pregunto si también podemos fabricar imágenes de Dios mediante conceptos y argumentos. El peligro aparece cuando olvidamos que nuestras palabras siguen siendo humanas.
Mi rechazo a la idea de que Jesús no fuera Dios nació mucho antes de que yo supiera explicar una doctrina. No surgió de una definición de «persona», «sustancia» o «esencia». Era parte de una fe que todavía no necesitaba ese vocabulario.
Jesús dijo que, si no nos
hacíamos como niños, no entraríamos en el Reino de los Cielos.
¡Cómo quisiera recuperar
algo de aquella confianza de niño!
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