Hace unos días les compartí la parábola de los dos mares: el Mar de Galilea y el Mar Muerto. En el primero sucedió una de las historias más bellas: Jesús caminando sobre sus aguas, demostrando soberanía sobre la creación. En el segundo, sin embargo, se gestó una de las historias más aterradoras. De esto les quiero contar hoy.
El Mar Muerto no siempre estuvo muerto. Relata la Biblia que, en tiempos antiguos, aquello no era un abismo salado, sino un valle extremadamente fértil, comparado incluso con el jardín del Edén. Allí se asentaban dos ciudades prósperas: Sodoma y Gomorra.
Mucho se ha especulado sobre su caída, pero la Escritura es clara sobre la raíz de su maldad. Sus habitantes eran, ante todo, profundamente egoístas. Este era su verdadero pecado; no la interpretación que el mundo moderno ha querido imponer, sino una soberbia que los llevó a cerrar el corazón al necesitado. El profeta Ezequiel lo confirmó siglos después: "He aquí que esta fue la maldad de Sodoma: soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad... y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso".
Su pecado llegó a tal grado —el de recibirlo todo y no dar nada— que Dios decidió poner fin a su desvío. Un fuego devorador fue su destino, y lo que antes era un vergel, quedó sepultado bajo el azufre.
A partir de entonces, el Valle del Jordán se convirtió en una tierra árida, un espejo de agua estancada y poco susceptible de vida. El paisaje cambió para recordarnos que el egoísmo es un pecado grave a los ojos de Dios. El Mar Muerto es, en esencia, el monumento geográfico a una sociedad que decidió dejar de fluir y prefirió consumirse en su propia abundancia.
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