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El Secreto de los Dos Mares: Una Parábola Geográfica

 ¿Habla Dios por medio de accidentes geográficos?

Dice el Salmo 19: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Si Dios habla definitivamente a través de los cielos estrellados, ¿por qué no habría de hacerlo también por medio de la geografía?

Hoy quiero hablarles de la parábola de los dos mares. Se trata de la comparación entre el Mar de Galilea y el Mar Muerto. Ambos son lagos con un origen común: el caudal del río Jordán. Este río nace en las faldas del Monte Hermón, en la frontera entre el Líbano, Siria e Israel, aportando aguas frescas y puras desde las alturas. Sin embargo, aunque ambos reciben la misma agua, su destino es radicalmente distinto.

El Mar de Galilea es un lugar desbordante de vida; sus aguas son dulces, albergan una gran variedad de peces y sus márgenes están rodeados de tierras fértiles y vegetación. En cambio, el Mar Muerto es amargo y extremadamente salado; nada puede vivir en sus aguas ni en sus orillas.

¿Cuál es la diferencia? Resulta que, aunque ambos lagos están bajo el nivel del mar, el de Galilea recibe el agua y la deja fluir, drenándola hacia el sur para que siga su curso. El Mar Muerto, por el contrario, es una cuenca cerrada: recibe todo lo que el río le aporta, pero no tiene salida. Al retener el agua, el sol la evapora y deja atrás una acumulación de sal que extingue toda posibilidad de vida.

Esta es una parábola escrita en la geografía misma de la Tierra. El Mar de Galilea representa a la persona que recibe y comparte —ya sea amor, conocimiento, bendiciones o recursos—. Al estar en constante circulación, su interior se mantiene limpio y su flujo sostiene a otros. Por otra parte, el Mar Muerto representa el "solo yo". Cuando recibimos pero nos negamos a dar, nuestra "agua" se vuelve amarga por el egoísmo y el estancamiento.

En lo personal, me gusta interpretar que el agua en la Biblia es una alegoría de la Palabra. Ezequiel 43:2 dice: “...y su sonido era como el sonido de muchas aguas; y la tierra resplandecía a causa de su gloria”. A todos nos es evidente que necesitamos esta agua. Cristo prometió: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”.

Si como cristianos tenemos esta agua, nuestro deber es dejar que fluya "río abajo" hacia los que aún no la reciben. Es vital compartir a Cristo. Si nos convertimos en depósitos que solo acumulan el mensaje sin dejarlo fluir, incluso la Verdad puede volverse amargura. El salmista lo describió con una crudeza asombrosa:

"Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día" (Salmo 32:3).

Al igual que el Mar Muerto, que retiene en silencio todo lo que recibe, el ser humano que guarda la gracia y la Palabra sin darles salida experimenta un desgaste interno. Callar lo que debe ser compartido no es protección, es corrosión. Para mantener el alma joven y el agua dulce, debemos ser como el Galilea: un canal, no un estanque.

 

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